En busca del tiempo perdido (4 de…)

A sus cuarenta años, Andrés era incapaz de imaginarse a su padre pronunciando las palabras de Darth Vader. Gonzalo Hernández era un hombre serio. Casi por obligación. Regentaba la única funeraria del pueblo. Por sus manos pasaban todos los oriundos antes de irse al otro mundo.

Su armario era una suerte de agujero negro, lleno de trajes oscuros que vestía de a diario. Negro, también, era el coche fúnebre… «Es mi destructor espacial»

Aquella frase acababa de saltarle de la memoria a Andrés como un conejo de una chistera. «Es mi  destructor espacial». Se trataba de nuevo de Gonzalo haciendo una alusión a Stars Wars. «El Destructor», así llamaban los dos en secreto al vehículo de la funeraria. Y Andrés recordaba que cuando circulaban con él por las calles del pueblo todo el mundo los miraba con seriedad y hasta había quien se persignaba. Era el mismo respeto que sentían las tropas del Imperio cuando se disponían en hileras para recibir a Darth Vader en una de sus naves. Ciertamente, el viejo era Darth Vader. Una sonrisa se despertó en el rostro de Andrés al recordar aquello. De adulto, y lejos de su hogar, de su padre le había quedado la imagen que tenía todo el mundo en el pueblo. Pero había otro Gonzalo, uno que coleccionaba con él miniaturas de Stars Wars y se sabía a la perfección los diálogos de la primera trilogía.

Después de extraer un Han Solo y un pequeño Skywalker de la caja, Andrés extrajo también un libro de historias de robots de Isaac Asimov.

–¡Vaya! No me acordaba –reconoció teniendo el volumen entre las manos.

Lo abrió y reconoció la excelente caligrafía de Gonzalo en una escueta dedicatoria: «Llegarás. Feliz Cumpleaños». No había sido solo Stars Wars lo que adoraba Gonzalo, sino toda la ciencia ficción. Orson Welles, Ray Bradbury… y un sinfín de autores del género ocupaban unas librerías en su casa…

–Espera, eran mi librerías –pronunció Andrés.

Su padre acumulaba los libros en la habitación de su hijo porque era donde menos comprometía la formalidad que debía existir en la casa de un empleado de pompas fúnebres. Pero no era solo que a Gonzalo le maravillara la ciencia ficción…

Esta vez Andrés no se limitó a sacar el siguiente objeto de la caja, sino que buscó algo concreto. Tenía que estar allí. Si el viejo lo había guardado todo tenía que haber guardado también aquello. ¡Lo encontró!

Sacó dos objetos. Primero un papel grueso enrollado y atado con un lazo y, luego, un manuscrito cosido de unas cincuenta páginas. «Más allá» por Luke Skywalker. Desde luego, no había usado el pseudónimo más ingenioso para el concurso de narrativa del colegio. Claro que tenía solo doce años cuando escribió aquello.

Abrió la primera página. «A Darth Vader». El manuscrito estaba no solo amarillo sino también ajado, inflado a causa del uso, como si alguien lo hubiera leído un centener de veces o más. Es lo que debía haber pasado. Andrés se imaginó los largos dedos de su padre posándose una y otra vez en aquella historia de una Galaxia en decadencia, donde una nave tripulada por poscritos intentaba salvar a un todo un planeta de su destrucción.

–Aliaz… Crónicas de Aliaz.

En busca del tiempo perdido (3 de…)

Sintió la tentación de tirar la caja sin abrirla. Si nada de aquello le había hecho falta en las últimas décadas era seguro que no sería imprescindible. Cualquier otro día, habría dejado la caja en la entrada, con una nota para que el servicio de limpieza del edificio se deshiciera de ella. Pero hoy le sobraba tiempo. El grato e inminente buen resultado de las negociaciones de la tarde crearon lo que para él era un enorme agujero en su agenda. No había sabido cómo llenarlo. Pasaba tanto tiempo ocupado por sus responsabilidades que había perdido la costumbre de pensar en cosas que lo divirtieran. Solo por eso, por que no tenía nada que hacer, desembaló la caja.

Pesaba poco, como si estuviera casi vacía o la llenara algo de sobradas dimensiones y escasa densidad. Así era la infancia para Andrés, la intuición de un tiempo extenso pero mayormente ocupado por el olvido.

Volvió a revisar el e-mail con obsesión antes de desplegar las solapas de la caja. Cuando lo hizo, halló una explicación a su peso: juguetes. Estos pertenecen a un extraño orden de cosas. Son voluminosos pero casi carecen de peso. Uno puede mover aparatosas bicicletas o enormes casa de plástico con una sola mano. El mundo de los niños parece concebido para subvertir las leyes del de los adultos. Allí todo existe a escala y carece de peso, y la densidad y enjudia que le resta su manufactura se llena siempre con la imaginación.

 Casi a tientas, sacó una figura oscura. Se trataba de una miniatura de Darth Vader, desgastada por tanto uso. Empuñaba un sable láser rojo que, milagrosamente, había permanecido sujeto a la mano del Jedi. Justamente, aquello no pasaban de ser sino los restos del naufragio de su infancia. Su padre debía de haber guardado algunos de sus juguetes cuando hicieron las reformas en la casa y borraron su habitación del mapa.

–Luke, yo soy tu padre –pronunció Andrés Hernández como en un acto reflejo.

Era una de las escenas más evocadas de Stars Wars. Sonrió al recordarla. Hacía décadas que no veía ninguno de aquellos filmes. Ni siquiera, había visto la última trilogía de George Lucas, las precuelas a la Guerra de las Galaxia de los sententa. Era algo en la que ya no ocupaba el tiempo.

Pero lo asombroso no era que recordara solo esas palabras, que debía de haber visto evocadas a los largo de su vida en decenas de filmes que le rendían homenaje a la obra magna de Lucas, sino que, como si tirara de un cordel, atadas a esas palabras llegaban a su memoria los diálogos que le sucedían. Como si estuviera poseído por otra persona, Andrés fue capaz de recordar los diálogos de El imperio contrataca desde el momento que había evocado hasta el final de la película. No sabía si aquello le divertía o le aterrorizaba.

–Luke yo soy tu padre –repitió el ejecutivo. Tenía la impresión de que se le escapa algo en aquellas palabras, como si no cuadraran en su memoria al pronunciarlas.

No, no eran las palabras. Era la voz. Claro, debía recordarlas pronunciadas con la voz de un niño, y no con la del hombre que era ahora… ¡No! Tampoco era eso. Casi siempre que las escuchó habían sido pronunciadas por un hombre y no por un niño, pero no con la voz de Darth Vader, sino con la de su propio padre.

En busca del tiempo perdido (2 de…)

Leyó la etiqueta sobre la que estaban rubricadas las señas de otra vida. Tenía como remitente la dirección de la casa de sus padres en las afueras, pero esa no era la letra de ninguno de ellos. Los dos habían fallecido. Su madre hacía años y su padre hacía solo unas semanas. La caligrafía pertenecía a su única hermana. A Ariadna le llevaba dieciséis años. No había que ser un experto en matemáticas para llegar a la conclusión de que fue un descuido tardío. Andrés no tuvo la oportunidad de crecer con ella. Se marchó a estudiar fuera cuando Ari apenas era una niña y, luego, la vida se había echado a correr dejando atrás ese lugar.

Como hacía habitualmente, revisó el correo electrónico en su Tablet. Aquello se había convertido en una especie de «tic» nervioso. Más en las últimas semanas. Todo el mundo sabía que estaba por nombrarse el nuevo director general y él era uno de los más claros aspirantes. Puede que también por eso le hubiera resultado tan sencillo el trato de aquella noche. Querrían complacerlo a sabiendas del poder que podría adquirir en unos días.

Andrés esperaba que, en cualquier momento, alguno de sus contactos en la junta de administración le adelantara el chisme de su inminente nombramiento. Llevaba años trabajando para llegar a ese momento, pero aún no había entrado ningún mensaje al respecto en su bandeja de entrada.

Le habría gustado que su padre viviera para ver ese momento. Andrés se asomó a los ventanales y recordó cuando el viejo lo llevaba a ver los partidos a la ciudad. Luego deambulaban por las calles de los barrios pudientes mostrándole aquel zoológico de corbatas y americanas, de coches caros y rascacielos. Andrés se recordaba mirando edificios como el suyo hipnotizado. «¿Qué miras?», le preguntaba su padre. A lo que él contestaba: «Quiero llegar haya arriba».

—Llegarás –respondía el viejo hinchado como un pavo real por las aspiraciones del que durante mucho tiempo fue su único vástago.

Nada le hacía sentir a Andrés más orgullo que aquello. Sin embargo, no habría sabido decir si su padre, al final, había continuado estando tan satisfecho él. Creía que sí, pero lo cierto es que cada vez lo vio menos mientras ascendía por la escalera que lo llevaría a convertirse en uno de los hombres más importantes de la compañía.

Cuando murió el viejo hacía unas semanas, Andrés no tuvo sino tiempo para un viaje relámpago a su entierro, pues se hallaba en medio de negociaciones que no podía delegar en otro. Ariadna se había ocupado de todo. Ella continuaba viviendo en el mismo barrio en que se crió y su trabajo de maestra le dejaba más tiempo libre.

Él le aclaró que no necesitaba nada de la casa. Era lo menos que podía hacer después de no haber estado en los momentos difíciles, pero Ariadna debía de haber apartado algunas de sus cosas. Era incapaz de imaginarse qué podían haber guardado sus padres durante todos aquellos años y tras dos reformas en la casa. Hacía mucho que su dormitorio fue desmantelado para construir un baño en la segunda planta, y aún antes de eso hacía años que su madre recogió cuanto había allí para evitar que fuera pasto del polvo. Andrés no solía mirar hacia atrás ni se empeñó nunca en atesorar recuerdos de su infancia. Si aún quedaban en la vieja casa, imaginó que hacía mucho que habían acabado en el cubo de la basura, vendidos en un rastrillo o entregados a la parroquia.

En busca del tiempo perdido (parte 1 de…)

Andrés Hernández entró en su ático a eso de las ocho de la tarde. Una sonrisa, a medio camino entre la timidez y el sarcasmo, le iluminó la cara al contemplar el elegante reloj de formas modernas del recibidor. Tenía uno en cada una de las habitaciones de la casa, y todos sincronizados a la misma hora. También lo estaban el del móvil, la Tablet, el de su portátil y el ordenador del trabajo, y, por si no fuera poco, también obligaba a su asistente personal a sincronizar  los suyos del mismo modo. El tiempo era caro.

            Entró en su espacioso salón-comedor y dejó su maletín del trabajo y la caja que llevaba sobre la mesa del comedor. Esta, como todo el mobiliario, era de estilo vanguardista. Las patas eran dos láminas brillantes y negras que culminaban en un rizo que se doblaba sobre sí mismo a la altura del suelo. La superficie era de un cristal semiplateado. Era la misma estética que imperaba en toda la casa: mucho metal color acero, tecnología de vanguardia y cristal. El ático se apretaba contra la cara este de uno de los edificios más altos de la ciudad, por lo que el salón y dos de los dormitorios tenían unas espléndidas vistas panorámicas.

            La ciudad, se extendía a sus pies como una alfombra llena de millones de luces de una gama imposible de colores. Andrés ni siquiera se paraba a mirarlas, pero sabía que allí era adónde iban a parar sus amantes casuales después de hacer el amor con él. Mediada la noche, ellas se convertían en siluetas seducidas por los ventanales del dormitorio. Mientras a él se le cerraban los ojos, ellas no podían resistir a la tentación de asomarse al vacío.

            La última reunión del día había sido mucho más breve de lo que esperaba. Pensó que iba a ser mucho más difícil convencer a aquel fulano de aceptar la oferta de la empresa, pero, cuando menos quiso darse cuenta, el trato estaba cerrado. De vuelta a casa, había repasado una y otra vez la conversación de esa tarde intentando averiguar si había algún detalle que se le había pasado por alto. Cuando las cosas no salían como él sospechaba, aunque fueran mejores, lo asolaba el temor de estar perdiendo el control. Era una sensación que no soportaba.

            Pero, ahora, accidentalmente naufragado en su casa con tiempo de sobra, le costaba imaginarse qué hacer. Su agenda diaria llevaba tantos años rebosante de obligaciones que había perdido la costumbre de pararse a pensar en lo que le apetecía hacer. Tener tiempo para ello era algo tan excepcional que, simplemente, acabó desapareciendo de su rutina.

            De pronto, en esas dos horas de tiempo que le sobraban hasta empezar con la rutina de ducharse e irse a la cama, se sintió perdido en un mundo extraño donde ni una sola de las anotaciones de su icalendar podía guiarlo. Se quedó inmovilizado ante la incertidumbre durante un minuto, delante del maletín y la caja que acababa de depositar sobre la mesa. Le llamó la atención como los dos objetos apenas tenían que ver.

            El maletín era clásico, de piel y con cierres plateados, serio, discreto y previsible, como mismo lo  eran los trajes que vestía Andrés para trabajar; en realidad los únicos que vestía, pues solo trabajaba. Todo ello le confería el aspecto de un hombre profesional, de éxito, confiado y también fiable –quizás por previsible–, que aparentaba ser mayor de lo que en realidad era.  La caja, no obstante, no podía ser más prosaica. Una caja cualquiera, seguramente reciclada en un segundo uso, que tenía como único identificador una etiqueta de una compañía de mensajería. Se la habían dejado a su nombre en la conserjería del edificio.

Mea culpa

Una de las partes más tediosas de mi trabajo como jefe de estudios –y miren que hay muchas– es leer unos aburridos informes de evaluación al final de cada trimestre.

En todos ellos hay un factor común cuando se analizan las dificultades en el aula: los chicos no estudian y las familias no se preocupan por ellos. Ese hecho explica lo mismo el 20% de suspensos de un compañero que el 80% de otro, aunque se trate del mismo alumnado y de materias parecidas. Lo que no muestran nunca esos informes es el desfase del 60% que puede diferenciar a un docente de otros que trabajen con el mismo grupo. Digo yo que tendrá que ver con la labor del docente, porque el resto de los factores son los mismos. Pero, claro, yo soy idiota y seguro que algo se me escapa. Tampoco es ese el motivo de este post.

Por otro lado, cuando escucho a los alumnos de soslayo tienden a echarle la culpa de sus malos resultados a los profesores que les imparten clase: porque son muy duros o porque no saben explicar, o porque lo que explican es aburrido. Y mientras voy en guagua, las madres critican a los centros escolares y a sus hijos, pero nunca a ellas mismas. Y todos critican a los políticos, a la televisión y al Gran Hermano como causantes de una juventud desastrosa que, a mi sincero parecer, no creo que sea peor que sus docentes, sus padres, sus políticos o sus programas de televisión. No por nada, sino porque no dejan de ser sino un reflejo de ellos.

El único factor común en todos esos ejemplos es que nadie cree tener parte de la culpa: ni los docentes, ni los alumnos, ni los padres, ni mucho menos los políticos. Y eso no pasa solo en educación, sino en todas y cada una de las circunstancias que se les ocurra. El otro día hablaba con una buena amiga –que igual va a dejar de serlo después de leer esto– que, tras serle infiel a su pareja, me comentaba que ahora ÉL se centraba en ello y la culpabilizaba, pero que ese no era el problema, sino que las cosas habían cambiado entre ellos, y entonaba un largo etcétera de críticas hacia su pareja. «Coño, yo no te digo que solo eso sea el problema. Pero te aseguro que el hecho de que te hayas follado a otro ahora sí que es parte del problema, y alguna responsabilidad tendrás en ello, ¿no?», le comentaba yo, anonadado de cómo el síndrome «La culpa la tiene otro» puede rayar en el mayor de los absurdos. Y es que la culpa es como la mierda, cada uno produce la suya y apesta por más que uno quiera hacerse el sueco.

El mejor ejemplo que se me ocurre de todo esto es la actual crisis económica. La ciudadanía le echa la culpa a los políticos, estos se la echan entre ellos, al sistema financiero y al mercado internacional. Los bancos al sistema productivo y a la burbuja inmobiliaria. Y todos, en general, a todo el mundo menos a ellos mismos. No obstante, es demasiado mierda para un solo culo –hoy voy fatal de metáforas, perdónenme–. Cada uno tendrá alguna responsabilidad en todo esto.

Podrían uno pensar, por ejemplo, que entre nuestro ingente número de parados hay muchos que son obreros sin cualificar, que abandonaron sus estudios prontamente porque contratistas cenutrios necesitaban obra de mano urgente para edificar más y más edificios. Como estos empresarios eran debidamente financiados por bancos a los que no les importaba tasar a lo bestia los solares, se podían permitir el lujo de pagar sueldos de escándalo a muchachos de dieciocho años que cobraban más allí que estudiando una carrera. Esos mismos chicos, como se habían saltado las clases del Crac del 29, no tenían ni puta idea de que no tenían por qué cobrar siempre lo mismo, y financiaron sus casas y sus coches gracias a los mismos bancos que necesitaban que los constructores vendieran sus viviendas para que les pagaran los créditos que ellos mismos les habían dado.

Y los políticos, que sabían que esto no se podía mantener, preferían no meter mano en el asunto, por si la burbuja aguantaba una legislatura o dos más, ya que, mientras cada uno se comprara su casa a un precio astronómico con un dinero que no tenía y que pagaría con un trabajo que no le duraría siempre, todos tenían la impresión de que prosperaban y no tenía ganas de pagar sus frustraciones con el ejecutivo electo.

Y así, la burbuja crecía y crecía hasta que se pinchó, y los bancos ya no tenían liquidez y, por tanto, tampoco nada que prestarle a los que le debían dinero y lo necesitaban para pagárselo. Impresionante, ¿verdad? Ahora, eso sí, cuando todo explota, la responsabilidad es siempre ajena, y, sin embargo, deberíamos asumirla todos. El que dejó de estudiar para trabajar por un sueldazo y el que compró su casa a sabiendas de que no valía tanto, y, por supuesto, el que dio una hipoteca a alguien que quizás no podía pagarla, pero también el que la solicitó con la escaso tino de no saber dónde se estaba metiendo.

Ahora, tocará no solo asumir las consecuencias –el paro y la frustración– sino también la culpa. Y lo que toca las narices de los políticos y el sistema financiero es que no sufren ni lo uno ni lo otro. Mientras que los obreros de los que antes hablábamos ahora han perdido sus casas y vuelven a vivir con sus padres, los políticos y los bancos continúan siendo unos privilegiados que siguen enriqueciéndose sin asumir el mea culpa. Los mismos banqueros que nos metieron en todo esto se prejubilan con sueldos de por vida astronómicos. Y puede que sea por eso por lo que la sociedad reaccione contra ellos con más virulencia que contra el resto.

Yo, por mi parte, me como religiosamente la hipoteca que asumí hace tiempo, y cuando tengo demasiado suspensos asumo que tengo parte de culpa en ello. No por nada, sino porque en algo puedo mejorar las cosas de las soy culpable. Al menos esas no me dejan impotentes. Cambio la metodología y persigo a mis alumnos para que estudien, y si vuelven a suspender los vuelvo a perseguir, y si no tienen base procuro dársela, y hago cuanto está en mi mano para que les vaya mejor. Quizás de ese modo los libre de que dentro de unos años se metan en una nueva burbuja y los tomen por tontos, y se sigan enriqueciendo otros a su costa para luego dejarlos en la cuneta. A los que están ahora en esa cuneta, por desgracia, no les queda sino enfocar la rabia y el victimismo de una manera productiva, para plantearse que quizás algo de culpa tuvieron también en todo este asunto, y ver cómo pueden retomar su vida desde ella: estudiar otra cosa (o simplemente algo en muchos casos), rebajar sus pretensiones y recordar, quizás, que hubo algún profesor que les advirtió que la construcción no era trabajo para toda la vida.

Sanguijuelas, carroñeros y privilegios.

Las cosas iban mal en la sabana. Sequía. Terrible y prolongada sequía. El sistema productivo se estaba viniendo abajo. No llovía y, por ende, no crecía la vegetación, y eso hacía que los herbívoros estuvieran famélicos. Antes, con una buena gacela se alimentaban tres leones, pero ahora apenas servía de tentempié para los cachorros.

Cuando el rey león observaba la sabana, llena de matojos secos, cebras huesudas y carnívoros deprimidos supo que algo debía cambiar. Ya no había lluvia, así que no podían continuar viviendo por encima de sus posibilidades. Había que hacer recortes. Así fue como el león y sus asesores –las sanguijuelas, las hienas, los cuervos y los buitres– hicieron su consejo de ministros para elaborar todo un paquete de medidas de urgencia.

En primer lugar, los hipopótamos deberían de dejar de bañarse a diario. Era un desperdicio con toda el agua que ensuciaban. También deberían racionar la comida de los herbívoros y los carnívoros, Dios sabía cuánto podía durar la sequía. Y, por supuesto, era hora de acabar con el seguro dental de los cocodrilos, con las dietas de las aves mensajeras y la nocturnidad de los murciélagos. Todos deberían de apretarse el cinturón.

¿Todos? El problema llegó cuando tocaba hablar del presupuesto del rey león. Tenía seguro dental y también privado, y de vida, y elefantes oficiales para llevarlo a cualquier lugar. Por un instante, hasta se les pasó por la cabeza que también podrían recortar en eso. Pero no. ¿Qué necesidad había? Al fin y al cabo, se trataba de una cantidad ínfima del presupuesto. ¿Y cómo, si no, iba a ir el león a sus reuniones? ¿A pie? ¿Qué imagen iba a dar? Y también eran necesarios el seguro dental y el de vida, y su suculenta dieta, porque ¿cómo iba a cumplir con su labor un mandatario si se encontraba enfermo o preocupado por la comida de sus hijos o por su colegio bilingüe y privado, o por si no podía irse a veranear a su chalet de la costa? Además, al fin y al cabo, él era un servidor público, dedicaba su vida a la nación y cargaba con una gran responsabilidad. Tenía derecho a todo eso y más, era un héroe nacional… O él se lo creía.

Y mientras el león se justificaba, su ministros y el personal de confianza asentían convencidos, porque qué sangre iba a chupar la sanguijuela si no era la del león, y qué restos iban a devorar los carroñeros si no eran las sobras de la familia real –al fin y al cabo a nadie más le quedaban sobras–. Y lo mejor es que como ellos eran miembros del gobierno también tenían elefante oficial, dietas y seguros privados. ¿Cómo iban los representantes de un gobierno soberano como el de la jungla a ir famélicos o a pie a las reuniones internacionales? Ellos eran el símbolo del país, ellos eran el país. Todo dependía de ellos. Tenían derecho a todo cuanto tenían.

Mientras tanto, el resto de los animales de la sabana los rodeaban observándolos, a la espera de escuchar las nuevas medidas que podrían sacarlos del atolladero. Pero pronto, hambrientos como estaban, empezaron a fijarse en lo hermosos y orondos que estaban el león y sus ministros… Parecía, incluso, que no vivían en aquella sabana, sino en un mundo aparte donde de todo sobraba y por todo se pagaba en exceso. Y, entonces, las miradas cómplices que se intercambiaban los animales empezaron a convertirse en miradas carnívoras… Y, por fin, el mono verbalizó lo que todos pensaban:

–¡Qué coño! Ninguno de esos puede hacer que llueva, y tampoco sirven para mucho más…

Doble moral

Hace unos días, el FBI ha cerrado Megaupload, acusada, entre otras cosas, de piratería, o para ser más concretos de enriquecerse a costa de la piratería ejercida por otros, y supongo que este post va a resultar difícil de comprender en el blog después de que hace unas semanas habláramos de Lucía Etxeberría y sus desmanes contra los internautas a los que acusaba de bajarse sus obras en vez de comprarlas, pero se trata de una cuestión de matices. A ver si soy capaz de explicarlo.

No sé si han oído hablar del copyleft, pero es una práctica que consiste en dar permiso para que se copie o modifique tu obra siempre que el resultado de ello se ponga, de nuevo, a disposición de la comunidad. El software libre crece bajo esta etiqueta. O sea, la comunidad participa de la creación de algo de lo que luego se benefician todos. Y no se equivoquen, el resultado es algo tan magnífico como Ubuntu, Gimp, Libreoffice u otra serie de programas gratuitos tan profesionales como el caro software de copyright.

Ahora bien, una cosa es el copyleft y otra la piratería, aunque a menudo la gente las confunde. Tergiversando el contenido del copyleft, hay quien defiende que la industria musical, cinematográfica y –en menos medida porque no le importa a demasiada gente– editorial debería plegarse a ese tipo de uso, poniendo de manera gratuita su producto en mano de los internautas. Y como dichas industrias no están dispuestas a suicidarse regalando sus productos, el personal se dedica a regalarlos por ellos, a menudo basándose en los argumentos de que el precio es excesivo, de que la cultura es un derecho universal o de que las productoras y los mediadores se lucran a costa de artistas y consumidores.

Así las cosas, la táctica es la siguiente, coges una película, un libro o el último álbum que compraste por itunes, le quitas la protección y lo subes una página del tipo de megaupload, donde «supuestamente» solo guardas una copia de seguridad de un producto por el que sí has pagado. Ahora bien, tomas el enlace de tu «copia de seguridad» y lo cuelgas en una web donde cualquiera se puede bajar el mismo producto pero gratis. Y somos así de generosos porque en el fondo no nos cuesta nada, y a cambio el resto de la gente hace lo mismo con sus películas y música… O bueno, mejor dicho, nos cuesta poco. ¿Saben por qué? Porque  cuando te cansas de que tus pelis se bajen a velocidad ultralenta, acabas pagando una reducida cuota mensual para usar el servicio Premium de la página. Es una miseria comparado con el precio real de lo que bajas, y merece la pena.

Eso sí, ahora quien se enriquece no es la Paramount, ni Spielberg ni Isabel Allende, sino un tipo de 140 kilos que vive en Nueva Zelanda y tiene una colección de coches, un yate privado y no sé si aviones o pretensión de tenerlos, porque ese es el cobra por la publicidad de esas páginas y también por el servicio Premium que a tan buena cuenta te sale. Y eso sí es algo que no soporto, que al final quien se beneficie, en realidad, no tenga nada que ver con lo que se piratea. Ese ni paga a cantantes ni a autores ni tiene otra ideología que hacerse rico.

Tampoco soporto la doble moral en todo esto. Hasta estoy dispuesto a admitir que cuesta pagar por algo que se puede obtener gratis y sin apenas peligro. El ser humano es así. Pero buscarle una justificación ética a eso es más discutible. Mi alumnos se bajan pelis, música y libros piratas, simplemente porque pueden. Así tienen dinero para sus iphone, consolas y alcohol, que bien  mirados son productos tan caros como aquellos otros, sino más. Hasta lo comprendo, esto mayormente es la jungla porque nos han criado para tener cuanto podamos; siguiendo esa directriz, uno se baja gratis lo que puede y compra lo demás. Y no roba a punta de pistola porque está mal visto. Ahora bien, que nadie me diga que eso es lo mismo que Ubuntu, Gimp o la libertad de expresión. No soy gilipollas, eso es el sálvense quien pueda y uno lo asume con bondadosa resignación, ni de lejos amenazando con dejar de escribir como Lucía Etxeberría. Prefiero que me lean aunque sea robándome los libros.

En tanto, como en casi todo en la vida, a los que pensamos diferente nos queda la resistencia pacífica e individual; como a Gandhi. A saber, diez euros al mes por toda la música del mundo en spotify, mi carné de videoclub, mi suscripción a imagenio y mi kindle de Amazon donde parece que la literatura se va abaratando lentamente. En cuanto al software, ya casi todo libre, porque es el mejor, y el que no, lo pago. Prefiero invertir en principios.

Como autor, regalo un par de libros a la biblioteca de mi centro cada vez que me publican algo, por si alguien los quiere leer gratis y no tiene con qué comprárselos. Y, además, los invito a que se presten los libros, que tampoco pasa nada; se ha hecho siempre. Préstense todo lo que les apetezca menos la ropa interior, que queda fatal. Luego, el blog lo escribo gratis porque es «para ir tirando» y, de vez en cuando, hasta regalo alguna obrita por internet, por aquello de si a alguien le gusta y quiere pagar por el resto o sacarla de las bibliotecas. Si fuera J.K. Rowling habría cobrado por los libros impares de Harry Potter y regalado los pares por internet –alguien así podría permitírselo–, y creo que en Amazon deberían dejarme la opción de que la muestra de la novela fuera justo de la mitad de las páginas para que nadie comprara algo que no se quiere dejar de leer –me parece que solo llegan a veinte páginas–. Las editadas en papel rezo para que las compren lo suficiente como para que me sigan publicando y, sobre todo, porque los de la editorial son un encanto y viven de eso, y curran mucho y lo hacen bien para que un fulano como yo pueda decir lo que quiere decir y que además lo lean.

Que las cuelguen por ahí me preocupa menos, sobre todo porque no se da el caso –qué aburrido escanear tanto–, pero jode sobre todo que el que se enriquezca sea un fulano como el de Megaupload que paga a una modelo para que aparente que es su pareja en una cena de carácter social. Igual mañana nos repartimos entre todos su mansión y sus coches, y ya que estamos, el sueldo de todo el mundo, los iphone de mis alumnos y a Angelina Jolie –qué fijación– o a Brad Pitt –por no olvidarme de las féminas y de algunos que no lo son–. ¡Qué coño! Si va a ser copyleft, que sea a lo bestia. Eso sí, hay algo fundamental en el copyleft, el que da permiso para que lo suyo se copie, se  modifique o se comparta es el autor, no el fulano de megaupload ni el que pagó 0,99 por una canción en itunes.

Gürtel y Gollum.

Podría ir de culto y decirles que algunas de las reflexiones más interesantes sobre el tema del poder las encontramos en la narrativa hispanoamericana del siglo XX, y con razón, por que allí se hartaron y, aún se hartan, de dictadores y sucedáneos de estos. Podría recomendarles Yo el supremo de Roa Bastos, o algo de García Márquez –El General en su laberinto– o de Vargas Llosa al respecto, pues todos han tratado el tema largo y tendido. No obstante, sin hacerle de menos a estos, para mí la lectura más interesante sobre el poder es El señor de los anillos de Tolkien, y ahí ya no solo puedo recomendarles el libro –extraordinario– sino también la película de Peter Jackson –maravillosa–.

En El señor de los anillos el poder es, precisamente, el anillo único, y sobre él se ejerce toda una reflexión acerca de la capacidad que tiene este para fagocitar –llevaba una semana intentando usar esta palabra– a quien lo pretenda.

Casualmente, el protagonista de la novela es un minúsculo hobbit llamado Frodo Bolsón, y si es el héroe de la novela no es porque pretenda el poder, sino porque quiere deshacerse de él. Todos y cada uno de los personajes de Tolkien ansían de algún modo poseer el poder,  y lo que los diferencia es únicamente su capacidad para resistirse a él.

Paradójicamente, el único que desea el anillo para el mal es Sauron, un ojo de fuego que no tiene dedos ni sabe uno dónde se lo iba a poner. Ese es el personaje más de Perogrullo de la novela, el mal por el mal. No obstante, el resto, Sarumán o Boromir, por poner el caso de algunos que cedieron a la tentación, lo desean para un supuesto bien mayor. Da lo mismo, Tolkien lo deja claro, el poder corrompe y consume, te prolonga pero te envilece.

El magistral personaje que ejemplifica eso es Gollum, un antiguo poseedor del anillo único que ahora lo busca sin descanso. Es la criatura más lastimera de toda la historia. Quiere el poder por el poder, porque tenerlo ni siquiera le proporciona beneficios. Es un ser marginal, demacrado, que ni siquiera camina erguido, y cuya única obsesión es recuperar el anillo a cualquier precio. Para ello, se pone al servicio de Frodo, y mientras busca la mejor manera de retorcerle el pescuezo, le habla con afecto y se humilla ante él, porque quien busca el poder acaba convirtiéndose poco más que en una criatura patética aterrorizada con perderlo.

Estos días proliferan en los periódicos las noticias acerca del caso Noos  y de la trama  Gürtel. Del primero me sorprende volver a descubrir cómo es posible que quien ya lo tiene todo siempre quiera más y a cualquier costa. El poder corrompe y da al traste con cualquier otra intención que no sea adquirir más poder. Del segundo, me parecen absolutamente traumáticas la forma en la que se tratan los imputados en las conversaciones telefónicas grabadas. Si las leen, verán que comparten a partes iguales vocativos de novela rosa –amiguito del alma– con el peloteo más horripilante del peor empollón con el que hayan compartido clase. Es como escuchar a Gollum alabando a su buen amo mientras busca la forma de quitarle el anillo. Solo que aquí no se sabe nunca quien es el amo. Más bien todos son Gollum, asquerosamente serviciales, dulcemente cordiales y secretamente acojonados, porque temen perder la gracia de alguien y que los destierren lejos del anillo único. Dan asco.

Cuando leo ese tipo de cosas, la única manera en la que logro explicármelas es recordando a Tolkien y a Gollum, y no termino de entender cómo no acabamos de darnos cuentas de que el poder corrompe siempre, y que su influencia constante no acaba sino envileciéndonos. No sé si hay alguna excepción a la regla, pero no creo que merezca la pena ni contemplarla. El contacto con el poder debería ser leve, lo justo para llevar el anillo a Mordor y arrojarlo al fuego; lo demás es un despropósito. No habría que permitir las carreras políticas dilatadas –menos en un país con lista cerradas– ni, mucho menos, los poderes vitalicios –ya ustedes me entienden–. Imagínense a políticos tan jóvenes como los hay ya –Sáez de Santamaría o Bibiana Aído– tras treinta años pegaditas al anillo único. ¡Gollum, Gollum!

Yo, por mi parte, me niego a presentarme a la Dirección de mi instituto… Llevo cinco ejerciendo cargos directivos. Por si las moscas o por si cunde el ejemplo.

Lucía y la humildad.

            Hace unas semanas, leía en El País unas declaraciones que la escritora Lucía Etxebarría había hecho en Facebook. Como no quiero parafrasearla, ahí se las dejo literalmente: «dado que he comprobado hoy que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio oficialmente que no voy a volver a publicar libros en una temporada muy larga». Me he quedado de piedra. Siempre me ha sorprendido quién se rasga las vestiduras y las razones por las que lo hace.

            La cuestión, como detalla luego, es que su último libro ha sido más descargado ilegalmente que comprado, y que así no le merece la pena estar tres años escribiendo un libro para lo que luego es capaz de ganar por él. Dicho lo cual, poco menos que amenaza a sus lectores –supongo que a sus lectores ilegales– con dejar de escribir durante una temporada larga para dedicarse a otras actividades que le renten más…

            Si quieren que les diga la verdad, la frustración de alguien que escribe sin poder publicar la mayor parte de lo que escribe es solo comparable a la satisfacción de saber que, al menos, gracias a ello, no ha acabado convirtiéndose en víctima de una soberana soberbia. Cada vez estoy más convencido de que cuanto más pronto nos llega el éxito más pronto nos «agilipollamos», porque de otra manera difícilmente se entiende que una autora que no solo atesora lectores sino múltiples premios literarios pueda quejarse de que le roban sus libros y de que factura poco por los derechos de autor en las editoriales.

            Lucía Etxebarría es una de las autoras más galardonadas del mundo editorial. Creo recordar que ha ganado El Premio Nadal, el Primavera de Novela y también El Planeta. Ninguno de ellos es precisamente una miseria, y no solo eso, sino que de sus primeras novelas se vendieron cientos de miles de libros. Me leí –y compré– Amor, prozac y dudas y Beatriz y los cuerpos celestes (ganadora del Nadal). Me gustó más el primero que el segundo, y ninguno consiguió convertirla en una de mis autoras recurridas, aunque no le resto ni un ápice de valor. Tiene lectores, y muchos, y eso ya es respetable. En mi caso, simplemente no coincidí con la temática del malditismo de esas novelas y no fue un lugar que me apeteciera volver a pisar existiendo, como existen, otros autores como Javier Marías, Gustavo Martín Garzo o la ya tristemente desaparecida Carmen Martín Gaite, que es quien yo quisiera ser de mayor si no fuera porque ya lo soy.

            Etxebarría empezó a publicar joven y tuvo éxito prematuramente, y tal vez, lo que no lleve ahora bien no sea tanto el hecho de que se descarguen sus obras como que ya no las compren tanto. Lo segundo es un hecho, lo primero es bastante más discutible. Se sospecha que se bajan ilegalmente la mitad de los libros que se venden por internet, pero no sé de qué dichosa manera habrá podido averiguar Etxeberría cuántos de ellos le pertenecen. Las estadísticas sobre piratería no están precisamente muy detalladas, entre otras cosas porque esta es una actividad ilegal y dudo que las páginas piratas hagan públicos los datos sobre a quién se piratea mas.

            El éxito temprano, a menudo, acaba amputándonos la humildad, y eso termina por hacernos perder perspectiva. Para cualquiera de los miles de escritores que no han ganado el Premio Planeta ni el Nadal, o que no reciben el continuo apoyo de las editoriales como lo ha recibido Lucía Etxeberría, incluso después de las sospechas –y no tan sospechas– de plagio en varias de sus obras, que alguien amenace con «no publicar» simplemente porque ya no gana tanto dinero con ello como quisiera no deja de ser sino una aberración.

            Algunos tenemos que vagabundear de editorial en editorial rogando porque nos lean o nos den una posibilidad para que puedan leernos, o directamente colgamos la obras gratis en internet, simplemente porque, si algo define a un escritor, es la necesidad de que lo lean. Ganar dinero con ello es algo más que deseable, y enriquecernos a cuenta de nuestros sueños ya es toda una Odisea, y sin bien tenemos el lícito derecho a soñar con ello, uno no puede ponerse a patalear como una niña mimada únicamente cuando no van bien las ventas de la última novela –debería dar gracias al cielo por haber ganado tanto como ya ha ganado con sus libros–.

            Ahora, Etxebarría amenaza con trabajar en otra cosa para poder mantenerse, porque, según sus palabras, no vive ni de sus padres ni de su ex marido ni de si marido.  Lo dice como eso si fuera algo normal, y puede que en su mundo lo sea. Algunos, en cambio, trabajamos desde antes siquiera que a ella le publicaran su primera novela –y eso que fue muy pronto–, no ganamos el premio Planeta, mantenemos a nuestras familias, y escribimos a pesar de todo ello, o quizás por todo ello, porque esa rutina, esa realidad, es la que se convierte en el alimento de nuestras ficciones, y también puede que sea por ello por lo que aspiramos a tener lectores que nos comprendan, ya no solo porque narremos, sino porque lo que narramos parte de una experiencia vital parecida a la suya.

            Lucía Etxeberría debería, igual, tomarse una copa de vez en cuando con Gustavo Martín Garzo, que estoy seguro que no vive de sus novelas, o con Javier Marías, que tampoco lo hace, y que acabará por ganar algún día un nobel sin haberse quejado nunca de que no le paguen lo suficiente por escribir. Él se queja, más bien, de que en su calle hacen demasiado ruido para poder hacerlo en condiciones con las continúas obras de Madrid; da gusto escucharle una queja tan prosaica a una talento tan excepcional, como lo suelen ser también las de Juan José Millas, que a buen seguro tampoco habrá vivido únicamente de sus novelas.

            O, incluso, debería Lucía sentarse un rato con Isabel Allende, que aún hoy vende cientos de miles de libros en todo el mundo a pesar de la piratería. Ella empezó a publicar relativamente tarde en comparación con la Etxeberría, y ha ganado bastantes menos galardones, pero sus obras no paran de agotarse en cuanto llegan a una librería. Publicó «La Casa de los Fantasmas» ya con cuarenta años, y tanto en esa como en cada novela que le ha seguido, hay siempre una atmósfera de humildad y humor que llena de vida a cada uno de sus personajes y sus historias, haciéndola cercana para unos lectores que la adoran a pesar de haberla enriquecido comprando sus libros.

            Si uno indaga un poco en la vida personal de Allende, descubrirá que vivió una dictadura y no ha pasado la vida quejándose de una que ni vivió, como Etxebarría. Perdió una hija y escribió «Paula», no como Lucía, que tuvo uno y ganó el Planeta con «Un milagro en equilibrio»; vivió el drama de las drogas con los hijos de su marido y escribió «Los cuadernos de Maya», y no presumió de ese horrible mundo como lo haría Etxeberría en «Amor, prozac y dudas» o en «Beatriz y los cuerpos celestes»; y ha sido una mujer que se ha abierto camino en el mundo, sin necesidad de convertirse en un estandarte de feminismo trasnochado y sustentado en los clichés. Y al final, cuando uno lee sus novelas, advierte que Allende está preocupada en hacerte disfrutar, en comprender su mundo y en compartirlo contigo, y no tanto pensando en cuántos libros va a vender o en cuánto le rentan sus derechos de autor.

Educación y cultura. ¿Un matrimonio inconveniente?

            Hace solo unos días, el antiguo Ministerio de Cultura se fusionó con el de Educación, como ya ocurría en etapas anteriores de nuestra democracia. Inmediatamente, la prensa se hizo eco de la desaprobación del grueso del mundo de las artes escénicas al respecto. Quien más y quien menos, de ese mundillo, presagia una etapa negra para su sector. Su planteamiento es que incorporando Cultura al Ministerio de Educación esta pierde importancia y termina saliendo perjudicada.

            El problema de fondo radica en que las artes escénicas, en nuestro país, existen, básicamente, gracias a las subvenciones públicas. Ya se trate de danza, música, teatro o cine, ninguna de esas actividades serían capaces de subsistir sin fondos públicos. Los artistas temen que Educación sea un agujero negro capaz de ningunearlos haciendo que se reduzcan sus subvenciones, ya que la taquilla no es capaz de mantener la industria del espectáculo. En cuanto al Estado, parece que con la crisis que corre, con el pan para el pueblo ya hay suficiente –el circo no es tan necesario–.

            El problema –creo yo– no radica tanto en dónde demonios esté el Ministerio de Cultura como en por qué las artes escénicas no pueden subsistir sin dinero público. No terminó de entender cómo aquí se enriquece una legión de tertulianos del corazón cuando actores, músicos y bailarines subsisten solo gracias a la ayuda estatal. Digo que no termino de entenderlo pero la explicación es sencilla, aquellos tienen su público y estos últimos no. Y la única explicación que se me antoja a esto no es que falte cultura, sino que lo que falta es educación. Lo que sería de recibo es que Belén Esteban trabajara en una pizzería –de puertas adentro– mientras que a María Pagés le saliera el dinero por las orejas. Pero la situación es prácticamente la inversa.

            Pero tampoco creo que toda la culpa sea del público, sino también de esa industria, porque, si bien es cierto que la situación de la Cultura en España es dramática, no lo es menos que a menudo los artistas tienden a constituirse en élites alejadas de sus espectadores. Mientras que en otros países, como EEUU las artes viven estrictamente gracias a su público, en nuestro país pueden permitirse el lujo de vivir de espaldas a él. Ya no es solo que el público nacional rechace a menudo a su arte, sino que esta última ni siquiera busca a su público. Y con eso no quiero decir que todos deban filmar Torrente, sino que por fuerza debe haber un punto de encuentro entre lo que el artista quiere producir y lo que su público quiere encontrar. Un escritor puede permitirse el lujo de escribir una novela maravillosa y hermética, artística y vanguardista que solo entiendan cuatro. Eso, de hecho, siempre ha ocurrido, pero lo que ya es más difícil es hacerte rico o, si tan siquiera, pretender sobrevivir gracias a eso. Uno puede desearlo, reclamarlo incluso, pero no se puede extrañarse de no conseguirlo.

            Debe haber un término medio entre una cultura  que no deje de serlo y una que satisfaga al espectador y la convierta en un producto competitivo. Pero ese camino no depende solo de la producción artística, sino, si cabe en más medida, de la educación artística. Así que, miren por donde, igual con el nuevo ministerio hay una posibilidad de que eso mejore… No, seguro que no. Pero –por razones diferentes a las de Rajoy–, no me parece mal que Educación y Cultura vayan juntitas de la mano, igual a una se le pega algo de la otra y viceversa.